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Hablábamos el otro día de la popularidad de la que disfrutan ciertos alimentos como solución milagrosa a todos los problemas habidos y por haber, no sólo adelgazan, sino que protegen contra el cáncer, rejuvenecen, mejoran todas las funciones corporales, y cualquier día nos dirán que hasta evitan que se peguen las lentejas, como decíamos todos ellos tienen tres características en común: Son exóticos (normalmente han sido usados tradicionalmente en otros continentes, por alguna razón nadie considera los garbanzos un superalimento), no han demostrado ninguna de sus supuestas virtudes, y son carísimos. Uno de los últimos en añadirse a la lista ha sido el aceite de coco. Es fácil emocionarse con él, no sólo es de origen vegetal, sino exótico (¿hay algo más exótico para un europeo que un cocotero?) se le atribuyen maravillosas propiedades antimicrobianas, incluso se habla de que podría ser la base de tratamientos contra el herpes o el SIDA, ¡nada menos!, además adelgaza e incluso tiene aplicaciones cosméticas, vamos, un chollo, sin embargo, no es sólo que esas supuestas propiedades no se hayan demostrado, sino que resultan difíciles de creer cuando descubres que no es sólo pura grasa (100 gramos de cada 100) sin rastro de fibra u otros valores nutricionales, sino que, básicamente, tiene el doble de grasas saturadas que la manteca de cerdo. Como decimos siempre cada cuerpo es un mundo, y es muy posible que tú adelgaces con una dieta rica en grasas, pero dentro de unos límites, sustituir el aceite de oliva o el de girasol por un concentrado de manteca de cerdo no parece la opción más saludable.

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