Resulta muy curioso pero, a pesar de que todos en alguna ocasión le hemos dicho a alguien que no se pueden pedir milagros, cuando se trata de algo que nos afecta a nosotros parece que todos nos apresuramos a recuperar la fe, y si, cuando otra persona quiere lograr algo todos damos por buena la idea de que tendrá que esforzarse, tendrá que hacer algo, cuando se trata de nosotros mismos, parece que aceptamos la idea de que puede, y debe, ocurrir sin más. Si lo que queremos hacer es bajar de peso, la fe alcanza niveles estratosféricos, vamos, deberíamos ser capaces de mover no ya montañas, sino el Himalaya entero. Es normal, a nadie le gusta esforzarse, ni cambiar de hábitos, queremos obtener lo máximo, poniendo de nuestra parte lo mínimo posible. Y claro, no funciona. No se trata de que haya que luchar contra molinos o gigantes, ni de que haya que hacer esfuerzos titánicos, simplemente se trata de aceptar que, haciendo lo mismo, obtendrás los mismos resultados, por lo que, si quieres cambiar lo que obtienes, tendrás que cambiar lo que haces. Sólo así es posible enfrentarse a la tarea de adelgazar con cierto éxito, de otra forma sólo lo verás como una injusta condena de la que quieres librarte cuanto antes, a ser posible, sin cumplir el tiempo completo.

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