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A todos nos ha pasado alguna vez, estás haciendo la dieta, muy contento porque estás perdiendo peso y te sientes cada vez más a gusto contigo mismo, pero, de repente, un día tienes un disgusto, o una fiesta, o vas a comer por ahí, y cuando te quieres dar cuenta la dieta la has dejado “colgada en la puerta de la nevera”, vamos que picas de aquí, picoteas de allá, y antes de ser consciente de ello estás saboreando una tarta de tres chocolates, que casi seguro que no entra en la dieta. En ese momento suenan todas tus alarmas, miras el plato vacío con esos restos de chocolate, y pasan dos cosas, que aunque lo parezca no se excluyen mutuamente, primero te sientes culpable, tienes la sensación de haber fracasado, otra vez, de que no vales para nada, de que lo tuyo no tiene solución, y, segundo, piensas que ya que la has liado porqué vas a preocuparte por si la merienda se ajusta a la dieta, y luego la cena, y cuando te quieres dar cuenta, no sólo has abandonado la dieta sino que has recuperado una parte importante de lo que habías perdido, con lo que se refuerzan la sensación de fracaso, y encuentras una justificación para dejar la dieta. Así que antes de deslizarte por esa pendiente echa el freno, es posible que te pases, todos tenemos momentos de debilidad, o caprichos que nos apetece satisfacer, lo importante es que una vez hecho, lo asumas como lo que es, un simple traspié y continúes con la dieta con normalidad, porque aunque pueda parecer que da igual, no es lo mismo pasarse en una comida que pasarse en dos, no te engañes, tu cuerpo no lo va a considerar como un día libre más largo de lo normal.

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